Su mayor miedo se cumplió: perdió a su bebé en la maternidad La Altagracia y aún busca respuestas

Su mayor miedo se cumplió: perdió a su bebé en la maternidad La Altagracia y aún busca respuestas

El reciente caso de incremento de infecciones por microorganismos multirresistentes en las Unidades de Cuidados Intensivos Neonatales (UCIN) de la Maternidad Nuestra Señora de La Altagracia ha dejado a varias familias con los brazos vacíos. Una de ellas es la de Gabriela Bidó, de 25 años, quien perdió a su bebé, Aiden, ocho días después de su nacimiento en ese centro de salud.

Bidó había acudido para dar a luz tras romper fuente a las 34 semanas de embarazo. Meses después de la muerte del bebé, la joven madre todavía busca respuestas sobre lo ocurrido durante los días que permaneció ingresado.

Gabriela recuerda que su embarazo había sido planificado. Aunque al principio sintió miedo ante la idea de ser madre, con el paso de los meses comenzó a ilusionarse con la llegada de su hijo.

A las 34 semanas, rompió fuente y acudió a la maternidad, donde había llevado el seguimiento de su embarazo. Según relata, al llegar le preguntaron cuánto tiempo llevaba perdiendo líquido y respondió que aproximadamente una hora.

Cuenta que recibió medicamentos para madurar los pulmones del bebé y antibióticos, mientras el personal se preparaba para el nacimiento.

La cesárea se realizó alrededor de las 7:00 de la mañana. Durante el procedimiento, Gabriela sufrió una hemorragia y se activó un código rojo, situación que, según recuerda, fue atendida por el personal médico.

Aiden nació y lloró. Gabriela alcanzó a verlo antes de que fuera llevado a una incubadora.

Debido a la hemorragia, permaneció bajo observación y no pudo verlo ese mismo día. Al día siguiente, finalmente pudo acercarse a su hijo.

El bebé tenía una cánula de oxígeno y posteriormente fue intubado. Gabriela cuenta que lo veía respirar y luego hacer un sonido que ella describe como una especie de quejido.

El personal le explicó que el niño recibía oxígeno porque, después de respirar, presentaba esos episodios. También le dijeron que para poder irse a casa debía dejar de hacerlo, aprender a respirar correctamente y alimentarse.

En ese momento, Gabriela pensaba que todo estaba bien.

Pero al tercer día recibió una explicación que comenzó a cambiar su percepción de lo que estaba ocurriendo.

Según relata, le informaron que su bebé presentaba una condición que identificaron como enterocolitis necrosante y que había una bacteria involucrada.

Gabriela quiso saber qué bacteria era y qué estudios se realizarían. Cuenta que inicialmente le dijeron que harían una prueba para identificarla y determinar el tratamiento adecuado.

Al día siguiente, sin embargo, le comunicaron que habían decidido no realizar el estudio y continuar con el antibiótico.

Ella reconoce que no insistió. Sentía que estaba haciendo demasiadas preguntas y no quería parecer “intensa”.

Pero una duda quedó en su cabeza:

“Si tú no sabes con qué bacteria te estás tratando, ¿cómo tú vas a saber cómo tratarla?”

Con el paso de los días, Aiden pareció mejorar. Gabriela recuerda que comenzaron a reducirle los medicamentos y que el bebé respiraba mejor.

Finalmente, pudo cargarlo.

Para ella, ese momento fue uno de los más felices de su vida.

“He tenido muchos momentos felices, pero fue como que en ese momento yo sentí que tenía 25 años viva y no conocía realmente lo que era sentirme feliz. No conocía la felicidad hasta ese momento, como que ya todo lo demás era muy secundario.”

Después de ese momento, Gabriela se marchó a casa con la esperanza de volver al día siguiente.

Pero durante esos días había desarrollado un miedo constante: llegar a la maternidad y encontrar la incubadora vacía.

“Yo iba como con un miedo porque a mí me daba miedo, o sea, yo recorría los pasillos yo súper rápido por el miedo de yo encontrar esa incubadora vacía.”

La llamada llegó a la mañana siguiente, entre las 5:00 y las 6:00.

Desde el hospital le informaron que el bebé había presentado un episodio y le recomendaron que no acudiera sola. Gabriela fue acompañada por su madre.

Al llegar, cuenta que le dijeron que habían logrado reanimar al niño y que todavía tenía signos vitales. Esa información le devolvió la esperanza por unos momentos.

Le explicaron que Aiden había sido intubado nuevamente y que estaba recibiendo sangre. Su madre le pidió que hablara con él y lo tocara.

Gabriela no quería hacerlo.

Cuando finalmente lo vio, sintió que estaba frente a otro niño.

“Es que ese no es el niño.”

Luego, al reconocerlo, recuerda haber pensado:

“Ese es el niño. Pero eso no es… no está vivo.”

Gabriela describe aquella escena como uno de los momentos más difíciles de su vida. Asegura que vio a su hijo inmóvil y con cambios en su cuerpo que, para ella, evidenciaban que había muerto.

Ella pensó que el bebé pudo haber fallecido antes de que la llamaran esa mañana, aunque reconoce que no sabe por qué ocurrió de esa manera.

Cuando regresó al área donde estaba ingresado Aiden, le informaron que el niño había presentado otro paro.

Gabriela dice que quedó en shock.

“No pude molestarme ni nada, yo estaba en shock, que no lo entendía, no entendía nada.”

Le preguntaron si quería cargarlo.

“Ya pásamelo”, respondió.

Pero incluso mientras lo sostenía, una sensación permanecía.

“Ese no es mi niño.”

En medio de la confusión, Gabriela recuerda haberle preguntado a una enfermera:

“¿A quién yo le he hecho tanto daño para que justamente su historia sea esa?”

Y después:

“Tú tienes una habitación llena de niños y justamente a ti te llaman para decirte que el tuyo no va a salir.”

La respuesta que recibió, según relata, fue: “Ah, no, mira, esas son cosas que pasan.”

La muerte de Aiden dejó a Gabriela enfrentando un duelo que, asegura, todavía continúa.

Buscó ayuda psicológica y posteriormente recibió tratamiento con medicamentos porque sentía que no podía funcionar con normalidad.

“Sí, la mente a mí no me funciona, yo trabajo con mi mente. Si mi mente no funciona, literalmente yo no valgo tres pesos.”

También tuvo que lidiar con la culpa y con preguntas que todavía no tienen respuesta para ella.

Cuando rompió fuente antes de lo previsto, se preguntó qué había hecho para que el parto se adelantara. Después comenzó a preguntarse de dónde había salido la bacteria que, según le habían informado, afectaba a su bebé.

Incluso llegó a pensar que podía provenir de ella.

Revisó su expediente completo. Lo hizo, cuenta, mientras buscaba alguna explicación que le permitiera entender qué había ocurrido.

Meses después, al conocer información sobre otros casos relacionados con bacterias en la maternidad, sintió rabia.

“Me dio rabia, porque entonces me hizo sentir que si eso no hubiera pasado, que si alguien me hubiera informado, que si hubiesen hablado, se habría trasladado el niño y el niño estaría aquí.”

Hoy, Gabriela no cuenta su historia únicamente desde el dolor. También lo hace desde la necesidad de encontrar respuestas.

Dice que ha pasado meses leyendo e intentando entender lo ocurrido.

“Eso pasa cuando tú pierdes algo y no te dicen por qué tú lo perdiste. Sigues buscando la respuesta.”

Su mayor deseo, asegura, es que se revisen los controles y protocolos para evitar que otras familias atraviesen una experiencia similar.

Porque para ella, la historia de Aiden no terminó solamente con una pérdida.

También dejó preguntas que todavía siguen sin respuesta.