Reflexión de Nairobi Viloria: Informar sin alimentar el morbo: ¿dónde ponemos el límite?

Reflexión de Nairobi Viloria: Informar sin alimentar el morbo: ¿dónde ponemos el límite?

Una crisis familiar terminó convertida, en cuestión de horas, en contenido para el consumo masivo. Lo preocupante no fue solo lo que sus protagonistas decidieron hacer público, sino todo lo que vino después: rumores convertidos en titulares, conjeturas repetidas como certezas y supuestos detalles íntimos que nadie había confirmado.

Sí, hubo un manejo cuestionable al llevar al espacio público asuntos profundamente privados. Y cuando una de las partes decide exponerlos, inevitablemente genera interés mediático. Pero hacer público un conflicto no significa que todo lo que se diga después sea cierto ni que todo valga para contarlo.

Una declaración puede ser noticia, pero eso no convierte cada detalle de una vida privada en materia de investigación. No todo lo que despierta curiosidad tiene interés público ni todo lo que podría comprobarse necesita ser investigado.

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Hay, además, una consideración que debería pesar por encima de cualquier métrica: los hijos. Su protección corresponde primero a sus padres, pero quienes comunicamos también decidimos cuánto amplificamos. Lo que hoy genera clics, vistas y comentarios permanecerá en internet mucho después de que termine la controversia.

Los medios no decidimos qué hacen público sus protagonistas, pero sí decidimos qué hacemos con esa información. Podemos informar sobre aquello que tiene relevancia periodística o convertir cada nuevo detalle en una pieza más de entretenimiento.

El periodismo no tiene que ignorar una noticia para ejercer responsabilidad. En tiempos en que el algoritmo premia lo escandaloso, nuestro trabajo exige algo más difícil: no confundir lo viral con lo relevante, una versión con un hecho ni el interés de la audiencia con el interés público.

Porque informar también es saber dónde detenerse.